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Agricultura en Arica: alta productividad y el desafío de transformar las ventajas del desierto en desarrollo económico

hace 11 minutos
4 min de lectura

Pese a alcanzar rendimientos agrícolas muy superiores a los de otras zonas del país, los valles de Arica enfrentan dificultades estructurales que limitan su potencial económico. La informalidad, la dependencia de intermediarios y la presión sobre los recursos hídricos revelan que producir más no basta para garantizar mayores ingresos a los agricultores.



La agricultura de Arica y Parinacota representa uno de los casos más singulares del desarrollo productivo chileno. En una de las zonas más áridas del planeta, sus agricultores han conseguido establecer sistemas de cultivo intensivos, producir hortalizas durante prácticamente todo el año y alcanzar rendimientos que superan ampliamente los registrados en otras regiones. Sin embargo, detrás de estos resultados persiste una realidad económica menos favorable: la elevada productividad no siempre se traduce en mayor rentabilidad ni en una distribución más equilibrada de los beneficios de la actividad agrícola.


Esta tensión fue uno de los principales temas abordados en el programa Pulso al Empleo, de Radio Universidad de Tarapacá, que reunió a la decana de la Facultad de Ciencias Agronómicas, Dra. Pilar Mazuela; al economista, académico de la Facultad de Administración y Economía y director del Observatorio Laboral de Arica y Parinacota, Dr. Fernando Cabrales; y al estudiante de último año de Agronomía, Matías Cortés.


Cabrales destacó que la importancia económica de la agricultura regional trasciende las actividades directamente vinculadas a la producción. Al incorporar transporte, comercialización y otros servicios asociados, estimó que su contribución podría representar entre 15% y 18% del empleo regional.


A ello se suma la presencia de empresas semilleras y actividades tecnológicas vinculadas a los valles, que no necesariamente quedan clasificadas dentro del sector agrícola en las estadísticas económicas.


La productividad no garantiza rentabilidad


Los rendimientos del tomate en Azapa pueden alcanzar entre 300 y 400 toneladas por hectárea en determinadas explotaciones, según las cifras expuestas por Cabrales, niveles que ilustran la capacidad tecnológica desarrollada en condiciones desérticas.


Sin embargo, la decana Pilar Mazuela advirtió que una cosecha abundante no necesariamente mejora los resultados económicos del agricultor.


“Mayores rendimientos no significa mayores ingresos, porque nosotros obedecemos a la ley de la oferta y la demanda”, explicó.


Cuando la producción aumenta y los precios disminuyen, los beneficios de una mayor cosecha pueden reducirse considerablemente. Cabrales añadió que, debido a la baja elasticidad de la demanda de numerosos productos agrícolas, una expansión de la oferta puede incluso provocar una disminución del ingreso total recibido por los productores.


En consecuencia, el desafío económico no consiste únicamente en aumentar los rendimientos, sino también en mejorar la gestión de costos, la comercialización y la capacidad de negociación.


Dos agriculturas que avanzan a velocidades diferentes


Otro problema estructural es la coexistencia de explotaciones agrícolas altamente tecnificadas con pequeños productores que mantienen prácticas tradicionales, escasa formalización y dificultades para acceder a mejores condiciones comerciales.


Cabrales describió esta realidad como la convivencia de dos modelos productivos: uno moderno, integrado a cadenas comerciales de gran escala, y otro tradicional, caracterizado por pequeñas unidades de producción y una elevada dependencia de intermediarios.


Esta diferencia se refleja en la capacidad para capturar el valor generado por los productos. Mientras las empresas más desarrolladas pueden integrar producción, transporte y comercialización, muchos pequeños agricultores deben aceptar los precios ofrecidos por compradores e intermediarios.


Mazuela planteó que la formalización, la asociatividad y una gestión empresarial más rigurosa son fundamentales para reducir estas brechas.


La académica destacó especialmente la necesidad de llevar registros de campo que permitan conocer los costos reales de fertilización, riego y otros insumos. Sin esta información, explicó, resulta difícil identificar ineficiencias y mejorar la rentabilidad.


La importancia de la asistencia técnica también fue subrayada por Matías Cortés, estudiante de Agronomía, quien advirtió que algunos productores aplican fertilizantes en exceso bajo la creencia de que mayores cantidades garantizan mejores resultados.


En realidad, señaló, estas prácticas pueden incrementar los costos sin generar beneficios productivos equivalentes.


El agua, una restricción para el crecimiento futuro


La sostenibilidad de la agricultura regional también depende de la disponibilidad de recursos hídricos.


Mazuela recordó que el desarrollo agrícola de Azapa fue posible gracias a inversiones de infraestructura, especialmente el Canal Lauca, que contribuyeron a ampliar la disponibilidad de agua y consolidar la producción durante todo el año.


Sin embargo, advirtió sobre el deterioro de las fuentes hídricas de los valles, marcado por la profundización del agua subterránea y los problemas de salinidad.


“Los valles ya no tienen ojos de agua, ya no tienen vertientes, el agua está muy profunda y está muy salinizada”, sostuvo.


Frente a este escenario, insistió en la necesidad de avanzar en una planta desaladora que permita disminuir la presión sobre los recursos actualmente utilizados.

La discusión plantea un desafío de largo plazo: preservar la capacidad productiva de los valles sin comprometer los recursos naturales que la hacen posible.


Profesionalizar la agricultura para sostener su competitividad


Los desafíos productivos, comerciales y ambientales también están modificando las competencias que requiere el sector.


En ese contexto, Mazuela anunció que la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Tarapacá trabaja en una reforma curricular orientada a ofrecer mayor flexibilidad y especialización a sus estudiantes.


La propuesta contempla una formación básica común y una mayor presencia de asignaturas electivas, de modo que los futuros profesionales puedan profundizar en áreas como riego, fertilización, manejo de suelos, control de plagas, comercialización e innovación.


La decana sostuvo que la formación agronómica debe incorporar, además, capacidades de emprendimiento y gestión empresarial, preparando profesionales que no solamente respondan a las necesidades del mercado laboral, sino que también puedan crear sus propias oportunidades de empleo.


Para Cabrales, la modernización de la agricultura tradicional constituye precisamente uno de los espacios donde los profesionales del sector pueden realizar una contribución significativa.


El diagnóstico que emerge de la conversación es que Arica ha demostrado que es posible desarrollar una agricultura altamente productiva en condiciones ambientales extremas. El desafío pendiente es convertir esa capacidad tecnológica en un sistema económico más rentable, formalizado y sostenible, capaz de generar mayores oportunidades para sus productores y trabajadores.


El programa Pulso al Empleo es una iniciativa del Observatorio Laboral de Arica y Parinacota, ejecutado por la Universidad de Tarapacá, y financiado por el Fondo de Vinculación de la casa de estudios.


Escucha el programa en YouTube.

 
 
 

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